Por mala suerte o por problemas de tipo evolutivo, los seres humanos no nacimos con alas, aunque ansiamos volar y despegarnos del suelo. Pese a que no tenemos los atributos voladores, tenemos mucho ingenio y aviones a nuestra disposición. Volar es posible de una manera no tan romántica pero si relativamente cómoda. Personalmente a mi me encantan los aviones. Tengo un poco de miedo, pero no por la versión fatalista de que si se estrella puedo morir; es más bien un miedo inherente al hecho de que estoy volando y el mundo se ve raro desde otra perspectiva. Hay gente que no siente miedo y eso si es un poco angustioso. De hecho esas versiones casi publicitarias de que en un avión uno se siente con alas no me llegan a convencer mucho. Yo mas bien soy de las que piensa que en un avión uno se siente como en una máquina del tiempo, donde uno tiene una pequeña ventanita por donde se puede ver una realidad enmascarada que nos conmueve un poco.
Y hablando de ventanitas; es inevitable preguntarse: ¿pasillo o ventana?. Para mi elegir la locación en el avión es determinante al momento de describir al pasajero. Generalmente los que elegimos ventana siempre somos los mismos; Viajeros principiantes, curiosos, niños o gente que nos gusta ver los paisajes que se convierten en nubes con formas divertidas mientras arrimamos la cabeza en una esquina.
Sentarse junto a la ventana en un avión es totalmente placentero, nos permite sentir que en realidad estamos volando y no rodando; nos introduce como cuando vemos una película en la tele en esa realidad externa intocable pero cercana.
Es verdad no podemos volar como los pájaros o como los dragones o como las cometas; pero a quien le importa. Volar no es una cuestión de tener alas, es una cuestión de tener imaginación.